¿Cómo desarrollar una personalidad resiliente?
Si algo aprendemos a lo largo de la vida, es que mucho de lo que anhelamos no llega, que la relación con las personas a quienes amamos puede terminar provocando que perdamos la seguridad que nos brindaba; nos damos cuenta de que las cosas buenas pueden cambiar y las malas aparecer, que no hay males que se eternicen pero tampoco todos los bienes son permanentes; descubrimos que no basta “ser bueno” para no sufrir ni tan “malo” para no llorar por sufrimientos reales. Es decir, la vida se nos muestra con frecuencia como un escenario incierto y otras muchas veces como doloroso, en el que es imposible sostener realidades permanentes por muy buenas que sean, o escapar de sufrimientos inevitables mediante “ciertas técnicas” aparentemente probadas. Nada parece apagar la posibilidad que en algún momento de nuestra vida surja dolor, enfermedad, pérdida, carencia, ausencias o incluso destrucción, y en algunas personas a muy corta edad lamentablemente. Todas estas son realidades en la vida de las personas.
No puede presuponerse que una vida plena es aquella que está exenta de condiciones adversas como las mencionadas anteriormente, más bien, el arte de vivir tiene mucho que ver como señala Boris Cyrulnik, con aquello que nos permite reanudar la vida después de las adversidades, es decir, aprender a ser resilientes.
A continuación, comparto contigo algunas reflexiones y principios que pueden ayudar a desarrollar una mayor comprensión de la resiliencia y una orientación de ciertos criterios, actitudes y acciones que pueden favorecer seguir adelante a pesar de las contrariedades y sufrimientos de la vida:
1. Aceptar la realidad: La aceptación es el primer signo de fortaleza y liberación, nos enfrenta a la realidad, sin restarle lo desagradable o doloroso a una situación. Carl Jung dijo “lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma”. La aceptación no es rendición pasiva ante la realidad, sino el primer paso para saber que no se pueden mantener todas las condiciones bajo control, todos los deseos cumplidos, todas las expectativas cubiertas. Aceptar es aprender a ser flexibles, abrazar las condiciones que la vida ofrece, sin clasificarlas en buenas o malas, esperables o no esperables. Es aceptar para poder abrazar la diversidad de experiencias, la riqueza de las posibilidades, la incertidumbre ante algunos acontecimientos y finalmente, el misterio del propio vivir.
2. Aprender a esperar: Esperar, ser paciente, calmar el alma, no son prácticas sencillas, mucho menos cuando nos sentimos abatidos, sufrientes, con deseos de desaparecer de inmediato el sufrimiento que nos aqueja, sin embargo, templar el alma en momentos de inquietud nos hace más fuertes, nos ayuda a pensar con más perspectiva y a largo plazo. No basta esperar por esperar, no es el tiempo el que por sí mismo cura la adversidad, sino la actitud con la que se asume el tiempo de espera. El tiempo puede ser un gran aliado si lo vivo con reflexión, paciencia, búsqueda de sentido y propósito de crecimiento.
3. Arriesgarse a lo incómodo: Unido a la espera, es importante asumir que afrontar la adversidad no es una situación cómoda, requiere que nos repongamos a emociones y sentimientos dolorosos, de vulnerabilidad, vergüenza e incluso de humillación. Exige que descubramos la manera natural como enfrentamos lo difícil de la vida, si las cosas que hacemos o dejamos de hacer contribuyen a que asumamos responsabilidad, libertad, aceptación, o lo contrario, acrecientan la percepción de indefensión, vulnerabilidad, culpa o carencia. Darnos cuenta si por evitar la incomodidad, terminamos cediendo a las personas o a los acontecimientos, la responsabilidad de nuestras vidas e impidiendo el crecimiento que provoca afrontar con valentía las situaciones desagradables y dolorosas de la vida.
4. Descubrir el significado del dolor: La resiliencia no es una “técnica” de fácil aplicabilidad que se aprenda en un manual de pasos, es un llamado personal para vivir una dificultad que se te presenta en la vida. Lo primero que se requiere es descubrir qué cambió, qué se dañó, qué se perdió. Es descubrir el dolor para poder nombrarlo, poderlo relatar con la mayor naturalidad posible, compartirlo con otros en un ambiente seguro, entender que el dolor nos une a los demás, nos puede transformar en personas más compasivas, con miradas más humanas a la vez que nos da más luces para saber por dónde avanzar. Mirar el dolor no significa permanecer caído, sino aceptar la caída para levantarse y seguir avanzando.
5. Nombrar las fortalezas y tenerlas presentes de manera frecuente: Resulta esencial apreciar todos los dones, fortalezas, cualidades que te caracterizan y constituyen las evidencias de bienes en tu vida. Nadie se hace mejor persona teniendo sólo en mente sus limitaciones, defectos o imperfecciones o juzgando con severidad las características de su propia forma de ser. Se requiere identificar y apreciar los atributos positivos de nuestra personalidad, son estos atributos los que nos permitirán forjar el carácter, imprimir nuestra esencia en nuestra manera de ser y de actuar, son también dichos atributos los que generan la percepción de “ser suficientes” y de “tener lo necesario” para dar la batalla en la vida. Expresar quienes realmente somos es una de las mejores estrategias de afrontamiento ante la adversidad.
6. Forjar vínculos de ayuda: Acceder al dolor en compañía genera consuelo. Muchas veces ante un sufrimiento es más dolorosa la percepción de soledad y aislamiento que el propio hecho que nos hizo sufrir. Abrir el corazón y dejarse ayudar, permitir que surjan lazos genuinos de amistad, cercanía, lealtad es el verdadero remedio al dolor, el ser humano necesita experimentar el amor, especialmente cuando más duda de merecerlo, puede ser difícil amar cuando experimentamos dolor y sufrimiento, pero puede ser aún un mayor desafío dejarse amar como manera de reparar dicho sufrimiento.
7. Practicar buenos hábitos del corazón: Los buenos hábitos son aquellas prácticas que de manera consciente, persistente y orientada generamos para lograr un cometido. El corazón requiere adquirir hábitos, necesita fortalecerse para aprender a salir de los “parajes del dolor”. No es tarea sencilla “enlistar” los buenos hábitos del corazón, se corre el riesgo de dejar fuera aspectos de enorme valía, sin embargo, te comparto de forma breve algunos hábitos que pueden servir de aliento ante la adversidad:
· Haz recuento constante de lo bueno en tu vida, esto te ayudará a incrementar la gratitud.
· Ensaya maneras diferentes de expresarte, de pensar y de actuar que puedan generar una perspectiva más amplia de la realidad.
· Solicita el perdón y concédelo las veces que sea necesario, esto te permitirá apreciar el valor real de las personas por encima de sus limitaciones o defectos, además de otorgarte un sentido más compasivo ante el dolor.
· Acrecienta el amor a través de la entrega y el cuidado de quienes sufren, esto te ayudará a mirar que el dolor es una experiencia universal y que la mejor manera de afrontarlo es el amor y la acogida.
· Permite que la alegría te visite, nunca nada es tan malo que no permita reír, conversar, bailar, gozar las cosas buenas que la vida ofrece.
· Mira con amabilidad tu vida y comparte sin temor tus preocupaciones.
· Elige llenar el corazón de esperanza que permita dirigir tus pasos hacia un contante recomenzar.
Espero que estas reflexiones en torno a la resiliencia tengan un impacto positivo en ti y te permitan encontrar vías de libertad y fortaleza en tu vida.
Por: Dra. María Elena Anaya Hamue, directora de Marca Familia I Red de Atención Psicológica.

