Acabo de despertar de una siesta. Una siesta que me tomé con culpa.
Sí, porque mientras dormía, los trastes seguían sucios, la cocina quedó patas arriba, este artículo seguía pendiente, las tareas de mis hijas avanzaban sin mi supervisión… y aun así, me acosté. Me venció el cansancio, ese que se instala en lo más profundo del cuerpo y el alma. Y me dormí con todo y la culpa encima.
Porque sí, somos mamás… y cargamos culpa. Unas más, otras menos. Pero ahí está.
Crecimos con la idea de que debemos estar en todo, resolver todo, saber todo. Como si ser mujer y madre significara tener superpoderes que no se agotan jamás. Que si no hacemos todo, la vida familiar se desmorona.
También nos enseñaron, explícita o silenciosamente, que nuestro bienestar puede esperar. Que primero están los hijos, la pareja, el trabajo, la casa. Y si sobra algo de tiempo (casi nunca), ya veremos si descansamos.
Pero la vida cambió. Hoy, muchas mamás también trabajamos fuera de casa. Por necesidad, por vocación, o por ambas.
Y con eso, la culpa tomó nuevas formas:
- Por dejar a nuestros hijos con alguien más para salir a trabajar.
- Por no estar en cada festival escolar, cada junta de papás, cada fiesta infantil.
- Por no sabernos los nombres de todas las mamás del grupo o los niños de la generación.
- Por no tener tiempo para cocinar “como se debe”.
Y si decidimos quedarnos en casa, entonces surge otra culpa:
- Por no ejercer la carrera que tanto estudiamos.
- Por no tener independencia económica.
- Por sentirnos “menos” en una sociedad que valora la productividad externa más que el trabajo silencioso del hogar.
Y en ambos casos… somos comparadas. A veces por nuestros propios hijos, a veces por nosotras mismas. Una mamá que trabaja se compara con la que se queda. Y viceversa. Es una locura.
También sentimos culpa por gritar cuando perdemos la paciencia, por no cocinar sano todos los días, por no criar como dicen las influencers que deberíamos hacerlo. Nos sentimos juzgadas por otras mamás, por la sociedad, por voces internas que no se callan.
Nos sentimos juzgadas si dimos pecho o si no. Si tuvimos cesárea o parto natural. Si damos comida orgánica o si de vez en cuando pedimos una pizza. Juzgadas por hacer demasiado… o por no hacer suficiente.
Esto, sinceramente, ya no es sostenible.
Y es que hay culpas que sí son reales. Si cometiste un error, si heriste a tu hijo, si perdiste el control… lo natural es sentir dolor, reconocerlo, reparar y crecer. Eso es madurez emocional.
Pero también hay culpas irreales. Las que nacen de no cumplir con los estereotipos. Las que vienen de compararte, de mirar hacia afuera en lugar de mirar hacia adentro. De creerte menos por no ser como “la mamá perfecta” que solo existe en redes sociales.
¿Qué podemos hacer entonces?
Primero, aprender a discernir: ¿La culpa que sientes es real o irreal?
Luego, cuestionarte: ¿Por qué haces lo que haces como mamá? ¿Desde dónde lo haces? ¿Cuáles son tus verdaderas intenciones al trabajar, al estar en casa, al educar como educas?
Cuando te respondes con honestidad, cuando te conectas con el propósito que hay detrás de tus decisiones, entonces puedes vivir tu maternidad con paz. Y cuando tú estás en paz… tus hijos lo sienten. Lo viven. Lo agradecen.
No estás aquí para competir. Estás aquí para vivir con autenticidad tu camino como madre.
No hay una sola manera correcta de maternar. Lo que funciona para ti, con tu historia, tus recursos, tus circunstancias… está bien.
Haz las paces con el hecho de que la casa no siempre estará limpia. Que a veces gritarás. Que algunas noches cenarán cereal. Y que aun así, sigues siendo una buena mamá.
Abraza tu humanidad. Sé compasiva contigo. Deja de exigirte perfección y empieza a tratarte con amor.
Sí, sigue creciendo, prepárate, mejora cada día… pero hazlo desde el disfrute, no desde la autoexigencia. Desde el amor, no desde la culpa.
Y como siempre les digo:
“Soy mamá y hago lo mejor que puedo.”
Repítelo. Créelo. Vívelo.
Por: Liz Mendívil
Psicoterapeuta | Consultora familiar | Conferencista
Autora de libro Ser Mamá y vivir en armonía
🎙️ Creadora de El Podcast de Liz Mendívil
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